Del amor y otros demonios
De antemano pido disculpas a García Márquez por copiarle el título. A pesar de que no es un autor que me guste especialmente (salvo honrosas excepciones), el título de su obra homónima me parece perfecto para encabezar este post.
Dicen que según va pasando el tiempo, la pasión va bajando en una relación. Bueno, debo de ser una honrosa excepción, porque si bien hay cosas que cambian, a mí mi propia pasión me desborda y me excito terriblemente disfrutando simplemente de las pequeñas cosas. Si me pone, me pone, y eso no cambia. Sólo ha cambiado que nos conocemos mejor y, aunque falta el morbillo ese de tener a alguien nuevo, el de conocer qué quieres o qué quiere y e ir mejorándolo y exprimiéndolo en el día a día, puede resultar tremendamente más excitante.
Y la verdad es que el amor sin pasión no funciona. Sí, desde luego, hay más cosas, pero si la pasión no existe, tampoco lo hace el amor. Y por pasión me refiero no sólo a pasión en la cama, sino también pasión por estar acariciando al amado sin ninguna intención. A la pasión de compartir con él cualquier actividad en común.
La pasión es complicidad. Es compañerismo. Es atracción. Es simbiosis. Para sentir auténtica pasión hay que sentir una conexión especial. Es cierto que a veces en una relación sin amor, sentimos ese calentamiento global, pero no es fruto de la pasión, sino del morbo o de la excitación. La pasión también es amistad y es confianza. Sólo se puede sentir ese apasionamiento por alguien a quien amas y en quien confías, lo demás, es otra cosa.
La vida sin amor, es muy aburrida.
