La justa medida…
No puedo evitar pensar a diario en las drogas. Y no, no penséis mal, no me refiero en drogarme sino que, a diario, en mi vida o en mi mirada, se cruzan los rostros escuálidos de quienes están carcomidos por esa enfermedad.
La primera vez que me enamorisqué, fue de un chico llamado Miguel. Yo tenía 12 años y el 16. Yo de aquella no lo sabía, pero se ponía hasta arriba de todo. Uno o dos años más tarde, tuvo un accidente y tuvieron que cortarle un pie. Con el paso del tiempo, el enamoriscamiento se pasó y pasaron años hasta que volví a verles. Debía de tener unos 18 cuando un día me lo encontré por la calle y apenas le reconocí. Era un auténtico yonki. Un cadáver. Una sombra de lo que fue. Después supe que se había muerto de sobredosis. Fue curioso, porque a pesar de que no significara nada para mí, tanto verlo en ese estado como enterarme de su muerte, me impactó.
Más o menos en la misma época, el hermano pequeño de mi padre empzó a consumir y a traficar con cocaína. Y se convirtió en un ser depravado, agresivo y violento. Le detuvieron, porque le pillaron vendiendo coca a la salida de una discoteca y mi padre tuvo que deshacerse de la droga que llevaba en su coche, porque por alguna “extraña” razón (cada cuál que entienda lo que quiera) no habían registrado su coche. Sin entrar en más detalles, pasó de ser una especie de hermano mayor, a un auténtico monstruo.
El tiempo pasó y llegué a la Universidad. La primera Nochevieja, uno de mis amigos de la Universidad se tomó una pastilla y se quedó, literalmente, “pallá”. Estuvo mucho tiempo en coma y, cuando salió, sólo era un zombi andante. Nunca caté las drogas “duras” en el período que el resto de mis amigos ya experimentaban con ellas. Les tenía un miedo y un respeto impresionantes.
Mi último año allí, debo reconocer que cometí toda clase de excesos. Pero, lo mismo que los cometí, dejé de hacer el idiota. Perdí otro amigo por las pastillas (no sé qué habrá sido de él, otro que se convirtió en su sombra). Y, al poco de terminar la Universidad, otro, ex heroinómano, se murió a consecuencia de la droga que había consumido en el pasado. También me enteré de que el hermano de otro amigo estaba en un psiquiátrico porque a consecuencia de los alucinógenos había perdido el norte (y sin vuelta atrás).
Me he parado a pensar en esto porque, a pesar de todo, de haber visto y experimentado toda clase de experiencias desaagradables, más que de la liga antidroga, me considero a favor del consumo responsable. Hay drogas que desde el punto físico enganchan desde el primer día. Hay otras que con un mal viaje, te puedes quedar en el sitio. Hay otras que de por sí no son excesivamente dañinas, como el alcohol o los porros pero que, consumidas en exceso, pueden ser tan dañinas como las anteriores.
El problema de las drogas es que, unas veces por imprudencia, y otras porque pensamos que no nos puede pasar a nosotros, nos dejamos llevar. Da igual un heroinómano que un alcohólico. Estoy segura de que ninguno de ellos pensó jam´s que su adicción les llevaría a ese límite, pero ambas matan y destrozan a quienes rodean al enfermo. Y lo que no me explico es como, a pesar de todo, seguimos siendo tan inconscientes o bravos como para no presagiar el peligro.

Me gustó.
elmejorfuncionario
30 marzo, 2011 a 12:52
[...] No puedo evitar pensar a diario en las drogas. Y no, no penséis mal, no me refiero en drogarme sino que, a diario, en mi vida o en mi mirada, se cruzan los rostros escuálidos de quienes están carcomidos por esa enfermedad. La primera vez que me enamorisqué, fue de un chico llamado Miguel. Yo tenía 12 años y el 16. Yo de aquella no lo sabía, pero se ponía hasta arriba de todo. Uno o dos años más tarde, tuvo un accidente y tuvieron que cortarle un … Read More [...]
La justa medida… (via Hacer lo que quieres depende de ti) « MANUEL CLAROS YULE
30 marzo, 2011 a 12:57