Hacer lo que quieres depende de ti

No se puede amar lo que no se conoce

Queridos Reyes Magos:

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Dejé en creer en los Reyes Magos cuando me enteré de que eran los padres (abuelos, tíos, nietos y demás familia). Y créanme que lo sentí, porque aunque mi favorito era el Ratoncito Pérez (sí, el que vivía cerca de la puerta del Sol, en la calle del Arenal…), mi pasión por Melchor era desenfrenada… y por los caramelos de limón que tiraban en los cabalgatas! En fin, dejé de tener esa ilusión, aunque esperé un par de años en reconocer con mis padres que lo sabía, porque me gustaba ese momento mágico… donde escribías cartas a seres fantásticos que te recompensarían con algo que deseabas si habías sido bueno… Y lo importante no era que fuera mucho o poco, caro o barato (en mi caso, no abundante y barato), sino sorprenderte al ver que, un año más, habían acertado.

Sí, vivía con esa ingenuidad creyendo que los Reyes Magos entraban en mi casa y, en la de todos los niños del mundo, repartiendo un poco de felicidad y me dolió desprenderme de ella. De la fé que intentaban inculcarme en el colegio, no me costó tanto, tal vez por eso soy una de las pocas de niñas de 7 años que suspendió religión en el colegio.

Pero volvamos al tema, que es la pérdida de la magia de la Navidad, de la ilusión por disfrutarla. Cuando era pequeña, junto con el verano, era cuando teníamos oportunidad de ver a mi familia y de estar con ellos… Mis primos, mis tíos, mis abuelos… Gente que formaba parte de mi entorno y que ahora, en su mayoría, o han desaparecido o me he distanciado de ellos. Sí, la distancia física provoca también distancia emocional. Y, como además ahora no necesito que sea Navidad para ir a ver a los que deseo, puedo ir cuando quiera (si es que quiero…)

Del momento alegre y familiar, se ha pasado al consumismo más atroz. Da miedo ir a comprar. Da miedo pasear por el centro de las ciudades. Es como si la gente, a pesar del frío, enloqueciera y tomara las calles día tras día. Francamente, me desquicia. En su primer viaje, ustedes llevaban oro, incienso y mirra. Ahora toneladas de regalos y colesterol. Es asqueroso, indecente.

La magia de la navidad ha desaparecido a causa del consumismo y la publicidad. ¿Por qué tengo que esperar a Navidad para reunirme con la familia? ¿Por qué tenemos que agasajarnos con miles de cosas simplemente porque sí? ¿Por qué tenemos que acudir a cenas y acontecimientos que no nos apetecen o interesan en absoluto? ¿Por qué nos dedicamos a comer como limas y emborracharnos como bellotas? Eso NO es Navidad.

La Navidad cristiana es una derivación de la fiesta pagana celta del solsticio de invierno. Esa fiesta se celebraba un par de días antes de las fechas en que ahora se celebra la Navidad y se celebraba el 21 de diciembre, la noche más larga del año. A partir de ese día, las noches se hacían más cortas y los días más largos. Ese día simbolizaba el comienzo de los días con luz. Se empezaba a terminar la oscuridad, llegaba el renacer.

Navidad por su parte, está relacionada también con el termino renacer. Navidad significa nacimiento, natividad. Y los cristianos la simbolizaron con la llegada del hijo de Dios. Es, en ambos casos, símbolo de llegada de una nueva etapa que se espera que sea más próspera que la anterior. Y eso es lo que se celebra. El renacer, el resurgir.

Para mí la Navidad simbolizaba el tiempo estar con la gente a la que quería y a la que no podía ver habitualmente. El tiempo de que alguien pensara en algo especial para mí y me sorprendiera. El momento en que no tenía que ir al colegio y tenía tiempo libre para hacer muchas cosas. El tiempo en que recibía cosas que no podía comprar y que tenían importancia para mí.

Este año, más que ninguno, la Navidad ha simbolizado estar y hacer cosas que  no me apetecían. Una bonita sorpresa de mi madre, pero que se había demorado casi 15 años (es una historia muy larga) y por la que ya había perdido la ilusión, trabajar, aunque con más días libres, pero con cosa poca que poder hacer por la toma de las calles. Y nada importante que me pueda hacer feliz que me regalen.

Y, a pesar de eso, señores Reyes Magos, y de lo mal que se lo han montado al caer en este mundo tan absurdamente capitalista, echo dde menos la ingenuidad y la ilusión de aquellos años y la magia de la Navidad… porque ha pasado de ser un motivo de alegría, a un momento en que hay que ser feliz por obligación.

Esperando que tomen nota de mis apreciaciones, y vuelvan a ser no consumistas y más ingenuos y mágicos, reciban mis más cordiales saludos.

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Escrito por AgitatedSuzieQ

6 enero, 2011 a 20:10

Escrito en Pensamientos

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